La Plaça dels Ángels vive entre los sonidos de las tablas de skate golpeando el suelo y las latas de cerveza mientras se decide su futura reforma
Cuando suena el primer golpe, el vigilante de la sala no mueve ni un dedo. Tampoco con el segundo, tres minutos después. El sonido ya le es familiar. Son las tablas de skate que golpean la cristalera del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). El cristal, sin embargo, resiste. Y alrededor de la Plaça dels Àngels se repite el sonido de ruedas limando el suelo y de tablas golpeándolo. Una imagen que puede estar cerca de desaparecer.
El ayuntamiento de Barcelona pretende reformar la Plaça dels Ángels en los próximos años tras las quejas de los vecinos por el ruido, los botellones y la presencia de los skaters en ella. A fin de convertirla en un espacio más vecinal, sin renunciar a la práctica del deporte que la ha hecho conocida mundialmente, el proyecto se encuentra hoy en un periodo de diálogo con las dos partes, junto a los comerciantes, para decidir el futuro de la plaza.
¿Pero cuál es su presente?
8.40h
Tres hombres de mediana edad se pasan sentados una litrona de Xibeca mientras ríen mirando a las palomas picotear restos de comida del suelo. Uno de ellos lleva puesta la capucha de su sudadera, ocultando un pelo algo despeinado, y los otros dos llevan una gorra de los New York Yankees. Detrás de ellos, un par de trabajadores del museo, con el walkie talkie colgando ya de sus pantalones, esperan en la entrada a acabarse el primer cigarrillo del día junto al vigilante de la puerta.
De la panadería, justo enfrente del antiguo convento dels Àngels, un niño sale comiéndose una ensaimada. Acompañado por su padre, se detiene enfrente de la escuela Vedruna dels Àngels, que va llenándose de más padres y niños que esperan en la entrada. Al lado de la fachada de la escuela, hay decenas de grafitis pintados y de pegatinas enganchadas. De color azul, rojo o violeta, varios artistas ha dejado su firma sobre las paredes, aunque ningún niño parece fijarse demasiado. Sin embargo, más de uno se tapa la nariz al pasar por delante de uno de los portales que huele a meado de perro.
Veinte minutos después, la plaza se vuelve casi desértica con los niños ya en clase y los dos trabajadores del MACBA dentro del museo. Tan solo sobreviven los tres hombres sentados en la escalera, que acompañan al vigilante del museo, ahora solitario en la puerta.
10:15h
Adrià es uno de los primeros en llegar. Viste unos pantalones anchos, dos tallas más grandes, y caídos. Lleva un gorro rojo y una sudadera gris. Antes de hacer el primer truco sobre los escalones de la plaza, ha tenido que sortear a un par de turistas y cerca ha estado de caerse. El suelo aún tiene pequeños charcos de la lluvia de ayer y a medida que recorre la plaza, sus ruedas van dejando un pequeño rastro sobre el suelo.
La Plaça dels Àngels empieza a adoptar el sonido de las ruedas y las tablas. Adrià se cae un par de veces intentando saltar los escalones de la plaza, pero al cuarto intento lo consigue y dos jóvenes sentados sobre su skate empiezan a aplaudirle. Adrià coge su tabla y la pica contra el suelo como
motivo de celebración. Y uno de sus amigos, que como él también viste con pantalones dos talles más grandes y que ha grabado el salto con su cámara, lo mira extasiado.
16h
La explanada enfrente del museo se divide entre siete u ocho grupos. En uno de ellos, un hombre altísimo con unos dedos aún más largos acompaña la música que suena en un altavoz con unos bombos que palmea no más de cinco minutos, cuando decide liarse un cigarrillo. Viste con un chándal con la bandera jamaicana y tiene una sonrisa gigantesca que muestra cuando uno de los integrantes de su corrillo cuenta un chiste.
Sobre los escalones ahora hay gente comiendo de forma improvisada, también bebiendo, y entre sus pies, empiezan a verse las primeras latas de cerveza esparcidas por el suelo. La mayoría son rojas con el logo de Estrella Damm, pero también hay de negras y rojas con el de la Estrella Galicia. A pocos metros de ellas, una paloma picotea los restos de un vómito. Aunque nadie parece haberse dado cuenta.
Caminar sobre la plaza se ha convertido en una prueba de riesgo. Y uno de los visitantes del museo, al salir por la puerta tiene que hacer mil piruetas para no chocar con nadie. Entre los skaters que recorren la plaza, ahora también se han sumado turistas que, cargados de bolsas de las tiendas de Portal del Àngel, lucen algo desorientados.
22:20h
El museo hace cinco horas que ha cerrado. Las farolas iluminan ahora la Plaça dels Àngels, repleta de corrillos de jóvenes bebiendo, alguno con un porro entre los dedos. Cada vez se oyen menos golpes de tablas golpeando el suelo. Apenas queda ya nadie patinando. Sin embargo, el murmullo de los grupos que beben da sonido a la plaza, como también el par de altavoces encendidos. En uno de ellos, se escucha una canción de rap. En el otro, una de reggaetón.
Cuando llegan los coches de policía, diez minutos después, la plaza se queda vacía. Los policías toman nota de los grupos que se han quedado más rezagados y no se han disuelto aún, como el resto, por las calles del raval. Y al rato, llegan los servicios de limpieza. El sonido de las escobas y la manguera regando el suelo sustituye al de los altavoces y las tablas de skate. Aunque tan solo media hora después, vuelven a la plaza nuevas litronas y latas de cerveza. Alguno hasta ve una oportunidad de negocio y bolsa en mano se acerca a los corrillos que vuelven a formarse a ofrecer una lata de Estrella Damm por un euro.
El bullicio se apaga a medida que avanza la medianoche, dejando todos sus restos por el suelo. La Plaça dels Ángels vuelve a dormir entre restos de latas de cerveza y litronas. También de cajas de comida para llevar. Y mientras vecinos, comerciantes y skaters deciden su futuro, los servicios de limpieza regresan a la mañana siguiente para borrar cualquier rastro de la noche anterior.
Pero siempre queda suelta una litrona a medio terminar.
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