– ¿Cómodo? ¿Agua? Lo que querás, dime.
Y sonríe.
Pablo Matías Salvatierra, 31 años, habla rápido, arrastra y cambia las vocales tónicas de las palabras. Nació en Mar del Plata, Argentina, y es rapero, también freestyler. Muchos lo conocen por su otro nombre, Sefo MC.
Su estudio conecta directamente con su habitación. Él mismo hizo el agujero en la pared y fabricó la puerta, también acolchó las paredes. Sobre su escritorio, esperan un ordenador y un micrófono. En la pared de enfrente, cuelga una pizarra a medio borrar, difuminando la composición de una canción.
Sus palabras son cálidas, acogedoras. Suele acabar las frases con un “brother” o un “guacho”. A los pocos minutos, también me llama amigo.
“Aún tenía las maletas en la mano, no hacía más de dos horas que estaba en el país. Era la primera vez que subía al metro en Barcelona”, empieza, “pero saqué un parlante y me puse a rapear”.
Yo le descubrí, precisamente, rapeando una tarde en el metro. Estaba en la línea uno, cuando de repente un hombre con gorra y micrófono empezó a rapear sobre mi sudadera y el gorro de la señora que tenía al lado. Ahora, cuando rescato el recuerdo, mueve la cabeza y sonríe: “Puede ser, puede ser”.
Llegó hace cinco años a Barcelona, después de vivir en Argentina, Chile, Estados Unidos e Italia. Buscaba crecer en el mundo del hip-hop, su ciudad natal se le quedaba pequeña, y finalmente eligió Barcelona. Menciona el mar, la seguridad, la gente y la diversidad. “Me enamoré, brother”, resume, “esta ciudad es la bomba”.
Pablo empezó a rapear con catorce años. “Entré en el mundo del freestyle paseando por la rambla de Mar del Plata”, explica. Ahora habla despacio, como si saborease cada palabra. “Había unos chicos bailando break dance, me acerqué y me preguntaron si quería bailar. Les dije que sí, me enseñaron algunos pasos y empecé a ir cada tarde con ellos. Al año, ya estaba haciendo también mis primeros freestyle”, recuerda. Por entonces, “la movida” consistía en bailar e improvisar. Iban de la mano. “También el aerosol”, añade.
En su Mar del Plata natal, empezó a subirse a los colectivos a rapear, aunque más tarde iría más a menudo al metro de Buenos Aires. Es una época que recuerda con cariño, sonríe. Los viernes subía a las siete de la tarde a improvisar en el metro y bajaba a las dos de la madrugada. Los sábados lo hacía desde las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana. “La geste estaba de refiesta”, explica e imita los coros que hacía al entrar, “se montaba una joda increíble. Todo está filmado. La gente se guarda ese recuerdo para siempre”. También él.
Al hablar de las tardes que ha dedicado a rapear en el metro, Pablo acelera el ritmo de sus palabras. También eleva la entonación, emocionado. Más de una señora “se ha largado a llorar” tras escucharle. “Una vez me encontré con una pareja de ancianos”, cuenta, “debían de tener unos setenta u ochenta años. Yo me puse a rapear. Y de la nada la señora se levantó y se puso a bailar. Hasta sacó al viejito con ella. Con el bastón y todo”. Acabando la anécdota, piensa en voz alta: “Viendo a los viejitos bailar pensás, esta persona capaz haya estado años y años sin tener una sensación igual. Sólo por esto merece la pena seguir”.
El mundo de la improvisación ha cambiado mucho. Hoy en día hay cientos de competencias y más de un rapero puede vivir gracias a ellas. Sin embargo, “antes no había nada”. Ni la Red Bull, Batalla de los Gallos ni la Freestyle Masters Series, las competencias más importantes en la actualidad. Eran ellos mismos quiénes tenían que organizar sus propios torneos. En una de ellos, que creó el mismo Pablo, los raperos tenían que apostarse algo uno contra el otro. Unas zapatillas, una bicicleta, una chaquet, lo que fuera. Y Pablo se ríe al pensarlo, como si estuviese viendo la situación justo enfrente suya, sobre su escritorio. “Fue increíble. Un par de pibes se llevaron un montón de ropa”, explica, “mientras que hubo otro par que se fue casi que solo con la camiseta, cagados de frío”.
Cuando hablamos sobre el boom del freestyle en la actualidad, Pablo recuerda: “Cuando empecé a competir, antes de la competi que te he dicho, lo hacíamos solo por latas de graffiti. Y por el respeto de la plaza”. Eran otros tiempos.
Acceder al rap también era más difícil que ahora. Para hacerlo, le tenía que pedir a un amigo que recopilaba canciones en discos que le grabase 12 o 14, las que cupiesen en el CD virgen que compraba. “Le pedía dos canciones de Eminem, otras dos de SFDK, tres de Los Violadores del Verso y, si quedaba aún espacio en el disco, alguna de 50 cent”, recuerda.
Pablo viste una sudadera de verde oscuro con su logo en blanco. El logo de Sefo MC. Hace unas semanas que ha abierto su propia tienda de ropa. También lleva el logo en sus zapatillas y tiene una cadena con la misma forma. Ahora responde mientras juguetea con la funda del micrófono.
– AH: ¿El freestyle se marchará algún día de tu vida?
– PMS: Va a estar ahí siempre, amigo. Tiro un free hasta cuando hago pis. Lo supe desde el primer día, aún cuando tenga 80 años, no voy a dejar de tirar frees ni de hacer música.
– AH: ¿Y qué piensas cuando improvisas?
– PMS (se queda en silencio, pensativo. Es la primera pregunta en la que tarda en responder): Mirá, depende del entorno, posiciono mis pensamientos de una manera u otra. Si estoy en un sitio oscuro, con amigos o conocidos de buena vibra, me pongo a rapear y dejo a mi cabeza fluir. Suelto las palabras, busco enganches para las rimas y los conceptos, pero me dejo ir. Abro más la imaginación, mi mente está en un viaje. Ahí está mi nivel más alto.
Pablo vuelve a quedarse parado, reflexionando. Intenta encontrar una imagen que describa cómo es ese momento, pero no lo consigue. “Es redifícil explicarlo, amigo”, añade.
– PMS: Si improviso con gente, en el metro ponéle, es distinto. Uso lo que veo en el momento, voy a lo inmediato y lo consciente. A lo que estoy viviendo. Y utilizo más la técnica que te da la práctica. Rimo sobre cosas parecidas, rescato alguna rima que ya conozco. Sale solo, a veces.
Pablo es exigente, autocrítico. “Suelo mirarme en vídeo”, me cuenta, cambiando la voz, endureciéndola, “me fijo en cómo no levanto la cabeza, en la posición de los hombros. A veces, hasta me llamo pelotudo al escuchar cómo pongo la voz. Me miro para ver qué errores hago y cómo puedo eliminarlos, perderlos de vista”. A veces, también rapea mirándose en el espejo que hay detrás de su silla. Rapea y se mira, sigue rapeando y no se quita el ojo de encima, prueba de corregir su postura, el movimiento de sus manos. Busca cómo mejorar.
– AH: Pero seguro que no grabaste tu mejor free…
– PMS (se queda, de nuevo, ensimismado en un punto fijo): No, no… (Se ríe). Un día hice un par de frees que nunca le había escuchado a nadie hacer. Estaba iluminado. Hice rimas con doble calambur, con multisilábicas recomplicadas… hice cosas que para mi eran imposibles. (Replica la melodía con la boca). Además, era con una base de tecno. Seis minutos seguidos rapeando, fluyendo.
– AH: Seguro que te estabas estirando de los pelos porque nadie lo estaba grabando.
– PMS: Yo mismo decía por dentro: No, no, no, tengo que escribir esto.
– AH: Pero si lo lograste hacer un día, puedes repetirlo. ¡Pero que alguien te grabe esta vez!
[Ambos nos reímos]
– PMS: Nunca más me he acercado ni a un 20% de ese nivel. Pero gracias a ese momento, me motivo para seguir practicando.
Fuera de su carrera, Pablo también ofrece talleres de rap a niños de entre ocho y dieciocho años. A veces, ha dado recitales hasta en horarios de Literatura, Música o Matemáticas. Al hablar sobre ello, su voz se calma. Vuelve a ir más despacio, bajando el tono, como si estuviese contando algo en mitad de clase y no quisiese que nadie se enterase.
Gracias precisamente a que se le ha suspendido uno de los talleres, hacemos hoy la entrevista.
Los talleres son algo que empezó años atrás, como la música, en Mar del Plata. “Trabajamos con chicos de barrios muy bajos, algunos salían de la delincuencia y empezaron a venir a nuestros talleres”, explica de forma pausada, “hacíamos también charlas en contra del acoso escolar y la no violencia, a favor de la igualdad de género. Intentábamos transmitir unos valores. Hoy en día me siguen llamando por eso”.
En sus talleres, Pablo les da a sus alumnos un territorio donde expresarse y ser ellos mismos. Uno de sus ejercicios justamente consiste en sentarse en círculo, darse todos la mano y hablar a la vez siguiendo la melodía de la música. Los niños se desfogan. Gritan aquello que la música les transmite. “Así pasa, brother, tal cual lo decís”, asiente Pablo.
“Esto no está siendo una entrevista, es una charla, ¿me entendés?”, me dice mirándome a los ojos hacia el final de la tarde. Y volviendo a sus talleres, explica: “Se lo digo a los chabones, que cuiden a su familia, que hay que sonreír. A veces, basta con dar un abrazo”.
– PMS: Si vos te divertís en la vida, te soltás un poquito, sos buena onda con la gente. Si estás enojado con tu papá, pero por dentro ya se te ha pasado, hay que decirle: “ché, papá te doy un abrazo, loco, te lo remereces”.
Su voz es cristalina, la acompaña con sus gestos.
– PMS: Hay que ser gentil, bueno con el prójimo. Se lo digo a mis alumnos, cuando vas a comprar al supermercado, no está de más darle los buenos días al cajero, preguntarle cómo le va el día, darle las gracias, decirle: “Chau, nos vemos mañana”.
Al acabar, salimos del estudio, acompañándome hasta el ascensor, y me da un abrazo. Me desea buena suerte para el resto del día y antes de despedirse, me choca el puño: “Dale con todo, amigo”