¿Qué dibujaría Mary?

Trabajé en el museo de la ciudad cerca de diez años y nunca conocí a nadie más misterioso que ella, Mary. Aún hoy pienso en lo que me dijo.

Durante un tiempo, vino cada mañana al museo, siempre a la misma hora, a las once, y nunca llegó a terminar ninguna de las exposiciones. Los pocos recuerdos que guardo de ella son sentada en alguna de las salas, cabizbaja, dibujando en el cuaderno que traía siempre consigo, sin prestarle demasiada atención a ninguno de los cuadros expuestos. Era evidente que el museo le importaba bien poco.

Haciendo ahora memoria, recuerdo que la primera vez en que me fijé en su cuaderno estaba dibujando el retrato de un hombre al que en la vida pudiera haber reconocido. En cierta manera, parecía un hombre y mil a la vez. Era un tanto extraño, aunque en un inicio lo que más me sorprendió fue la nula conexión entre sus dibujos y el museo. No había ninguna lógica, ningún nexo de unión. No pude estar más equivocado. Aunque por aquel entonces lo ignoraba, incluso después de haberle preguntado por sus dibujos.

Reconozco que no entendí del todo bien su respuesta. Simplemente me preguntó si había leído Frankenstein. “Ahí está todo, mis dibujos, tú, el de ahí y yo”, terminó diciendo.

Me arrepentí de no haberle preguntado si había rescatado algo de mí en sus dibujos. Nunca más tuve ocasión. Un par de días después, mientras terminaba mi turno, la vi marcharse por la puerta como había hecho las últimas tres semanas. Esa vez, sin embargo, me sonrió. Fue su manera de decir adiós, nunca más volvió.


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *