¿Puedo llevarme el cuadro?

Cuando entré al museo aquel día, me topé con él en la entrada. Tenía la mirada perdida, los labios ausentes de color. No se había arreglado la barba en meses. Fumaba fuera, al lado de la puerta.

Más tarde, ya dentro, lo ví de nuevo. Estaba de pie en una esquina, alejado del resto, inmóvil, pero con el rostro inquieto. Miraba un cuadro de dos niños durmiendo. Estuve observándole un buen rato. Media hora, tal vez más. Durante ese tiempo, sus ojos no se despegaron del cuadro, ocupados en reseguir cada detalle del mismo: los colores cálidos, los pliiegues de la cama, la curvatura de sus rostros. De repente, parecía calmado. Llamó al encargado
***
Justo sobre el sofá. Mejor, en la habitación de invitados. No, no. En el recibidor, en la entrada. Sería la mejor bienvenida posible. Ahí, sí. Justo ahí.
***
Me acerqué para escuchar la conversación:
– ¿Sería posible llevarme el cuadro?
– …

El hombre nunca terminó de saber la respuesta, no la llegó a escuchar. Cerrando los ojos, de repente, dormido, borracho, absorto en sí mismo, cayó sobre el cuadro. Lo destrozó. Lo rasgó en dos. La sala cayó entonces en un increíble mutismo, pese a los continuos gritos del encargado: seguridad, seguridad. Con la mirada aún más perdida de cuando me lo había encontrado antes, terminaron llevándoselo de la escena.
***
En el recibidor, ahí, sí. Justo ahí. Tal como imaginé tantos años… antes de que todo se partiera en dos. Mucho antes.


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