Son ya las dos y media de la mañana y todo indica que, una vez más, me enfrento al mismo combate de siempre en el que nunca salgo vencedor. Mi rival es el insomnio y desde hace unos cuantos años nos batimos en duelo en noches como las de hoy. Al principio seguía distintas estrategias que encontraba por internet para conciliar el sueño, incluso fui un par de veces al médico, pero ninguno de aquellos métodos funcionó, por lo que a día de hoy me conformo con no perder demasiado el tiempo y aprovechar la larga noche leyendo o escribiendo, aunque siempre termine malgastando las horas pensando y analizando mi vida, sobre todo mi trabajo. Soy quiosquero.
Hace unos años, al terminar la carrera de filología hispánica, heredé el quiosco de la calle Maribel de mi padre. Debido a mis dificultades por encontrar trabajo y de escribir cualquier cosa con valor para ser publicada, me encontraba en una situación ciertamente desesperante, por lo que mi padre optó por aceptar la jubilación y dejar en mis manos el mismo quiosco que compró cuando tenía treinta y cinco años y fue despedido del taller en el que trabajaba. El lugar no entrañaba ninguna gran historia consigo. Su primer dueño fue Manuel, un ilustre periodista que decidió abandonar la profesión para conocer la otra cara del negocio: pasó de escribir reportajes en los periódicos a venderlos. Años más tarde, cuando murió, el quiosco pasó a ser de su hijo, Jaime, que no quiso saber nada de él y se lo vendió a un amigo suyo, David, acérrimo hincha de Peñarol, a quien más tarde, tras que este decidiera regresar a Uruguay, se lo compraría mi padre. Así llegó el quiosco a mi familia, donde ha permanecido cerca de los últimos cuarenta años, estos últimos a mi cargo.
A decir por su aspecto, como por su historia, el quiosco tampoco resulta ser un sitio demasiado especial. Es una pequeña caseta rectangular, hecha en su mayoría de metal, con un toldo de dos colores que resguarda a los clientes tanto del sol como de la lluvia. Lo más relevante, tal vez, sea el póster del mítico futbolista Ariel celebrando un gol con Peñarol que pegó David hace años en uno de los laterales. En resumidas cuentas, no se trata más que de un quiosco convencional, de los de toda la vida. Sin embargo, lejos de todo ello, guarda un encanto especial. Tardé poco en descubrirlo. Tan pronto como conocí a Leo y Diego, dos de los abuelos más ilustres del barrio que siempre van uno con el otro. Ambos acusan ya la vejez, temen el recuerdo de una guerra olvidada por muchos y suelen venir juntos a comprar el Marca todas las mañanas. A veces sobrevuelan también la portada de algún que otro diario generalista, pero por norma, parecen desechar cualquier posibilidad de llevarse uno a casa. Por sus conversaciones en la acera, parecen desencantados con la política y prefieren vivir en la burbuja del deporte, donde se sienten más cómodos. Por ello no es de extrañar que su felicidad de un lunes dependa del resultado que coseche su equipo, el Real Madrid, del que no dudan nunca en informarme. Cuando los blancos ganan, el saludo es efusivo y la conversación, amena y agradable, tanto que pueden llegar a estar un cuarto de hora en el quiosco. Cuando, en cambio, pierden, no dudan en coger el diario, pagar e irse. Sin más. Cosas de futboleros.
Los lunes suele coincidir con ellos Jaime, el peluquero calvo del barrio y uno de mis clientes más amables. A menudo viene dos veces. La primera de ellas para comprar un arsenal de revistas con el que abastecer su negocio y la segunda, para llevarse la prensa del día a casa. Al contrario que Leo y Diego, él sí cree en la política, sobre todo en los nuevos partidos progresistas que emergen hoy en día, pues la media sonrisa que esboza al ver que uno de ellos repunta en las encuestas le delata. Aquel gesto siempre me recuerda a Carmen, quien según el día viene acompañada por su nieta o por sus dos amigas, Teresa y Carla. Y es ciertamente curioso porque no hay día en que no se lleve El País y, antes de pagar, me pregunte por mis relaciones sentimentales con una falsa sonrisa en la boca. Aunque, a decir verdad, sólo me resultó extraño la primera semana, antes de que me contara en exclusiva a mí, sin conocerme de nada, y a sus amigas el divorcio de Pepi y Manuel, dos vecinos suyos que, por cierto, también eran clientes míos.
Pepi era una chica apresurada y caótica, como demostraba la forma en la que ojeaba los diarios, sin ningún orden ni pudor a destrozarlos, antes incluso de comprarlos. Manuel, en cambio, se mostraba como un tipo más calmado, tranquilo. Apenas se alteraba por los escándalos de corrupción que aparecían a diario en los periódicos y en cuanto hablé por primera vez con él, su tono de voz me pareció una perfecta melodía para combatir el insomnio. La forma en la que uno va a comprar el diario dice mucho de él y, desde el primer momento, vi que eran dos personas viviendo en marchas distintas, por lo que no era difícil imaginarse el fin de su relación. Ambos se conocieron por Laia, quien al contrario que ellos, aún sigue viviendo en el barrio. Es la directora del colegio mayor y habitualmente viene dos veces por semana a comprar distintos suplementos culturales y la revista Jotdown. Viste siempre con una gabardina y una boina al estilo francés y hace una semana, tras varios meses de habernos conocido, me dio su número de teléfono y me citó en un bar después de que cerrase el quiosco. Quería continuar la charla que habíamos mantenido aquel día sobre la conocida generación perdida de escritores estadounidenses y lo cierto es que la vida de Hemingway me apasionaba tanto que acepté.
La cita fue amigable, muy agradable. Hablamos de William Faulkner, de Ernest Hemingway y, sobre todo, de Scott Fitzgerald; también recordamos la figura de John Steinbeck y nos recomendamos un par de libros. Antes de irnos, sin embargo, ella me sorprendió con la pregunta de si había pensado nunca en escribir una novela. Y en aquel momento todo se torció. Respondí negativamente y me fui. En todo este tiempo solo he podido escribir intentos de novela, todos ellos fracasados. Me siento ciertamente incapaz. No encuentro la trama, los personajes ni la acción. A menudo ocurre como hoy. Empiezo escribiendo un primer borrador, desechó todas las ideas y termino pensando en mi quiosco y mis clientes. Me resulta divertido y agradable hacerlo. Cada uno guarda una gran historia consigo, estoy convencido, y hasta cierto punto no puedo evitar pensar en ellos como en una pequeña familia. Los conozco al detalle. Tan sólo viendo la forma en la que ojean el diario, se deciden por uno o por otro o en simplemente cómo se dirigen a comprarlo, uno ya puede descubrir sus distintos caracteres. Y por sus diferentes compras, también lo podría hacer con las aficiones y pasiones de cada uno de ellos, incluso las más secretas. Al final, el quiosco no deja de ser un espejo donde poder ver el reflejo de una persona, incluso de toda una sociedad. Es ahí donde reside su encanto.
***
Son ya las seis de la mañana y todo indica que he vuelto a perder, una vez más, el combate ante el insomnio. Dentro de media hora abriré el quiosco y, como todos los días, esperaré impaciente la visita de Leo y Diego, que hoy deberían venir eufóricos tras ganar el Real Madrid el título de liga el pasado sábado. Es lunes, por lo que también veré a Jaime y espero reencontrarme con Laia tras nuestro encuentro de hace unas semanas. Le traigo buenas noticias. Hoy, por fin he encontrado mi novela, aunque aún no esté escrita. Por si acaso se me olvidara, he apuntado su título en un pequeño trozo de papel: el quiosco de la calle Maribel.
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