En la pizzería en la que trabajaba M., siempre se escuchaba la misma emisora de radio. “Es una tradición”, le descubrió la encargada al entrar. Él no objetó nada, tan solo se apuntó la frecuencia y continuó con la introducción a su nuevo trabajo. Desde entonces, cada día le habían acompañado las mismas canciones, ya monótonas; letras que con el tiempo se desgastaron tanto, que se convirtieron en un espacio en blanco. Un triste aviso de que el final estaba ya demasiado cerca.
En su mayoría, se escuchaba Rock juvenil, alternado, según la hora, con algo de Pop. Los ritmos se repetían, pese a los cambios de género, grupo y disco. Pese a los años que separaban a las canciones, la melodia de fondo continuaba siempre siendo la misma, sin apenas variaciones. La emoción que desprendían también. Los clientes, adolescentes, solían tararearlas, alguno hasta las cantaba, mientras esperaban por su pedido. M. sopesó alguna vez la idea de acompañar en el cante a sus clientes, pero siempre terminaba desistiendo. Tenía 52 años, consideraba que ya no tenía edad. Le quedaba demasiado lejos aquello.
Alguna vez, M. había barajado la posibilidad de girar unos centímetros la rueda que controlaba la frecuencia, pero nunca había terminado haciéndolo. Pese a todo, le tenía cierto afecto a todas aquellas canciones, con todo lo que conllevaban. Aún podía acordarse con nitidez de aquella noche en el mirador. Sonreía al recordarla, justo cuando un mequetrefe, sereno y de buen aspecto, preguntaba por su pedido. Tras él, dos jóvenes hablaban entre sí, esperándole.
M. aún no tenía teléfono móvil, por lo que se aprovechaba del teléfono fijo del local. Por ello llevaba siempre consigo su agenda. Aunque poca falta le hacía, cada vez necesitaba menos hojas. Pasado un tiempo, la radio le estorbaba cada vez menos. M. ya no pensaba en cambiar alguna tarde de frecuencia, ni tampoco en cantar, aún menos en poder recordar nada. Apenas podía oírla últimamente. La mayoría de canciones se habían convertido ahora en un triste zumbido en su oído.
Un día, sin embargo, tras salir de la revisión del médico, cansado, M. se acercó y apagó la radio. Fue el final, había aguantado demasiado.
Desde aquello, no se supo más de él.
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