Qué duro debe ser

Hace una semana, M me retó a dibujar mi país del miedo en un par de palabras, una idea que había sacado días antes de una de las novelas de Isaac Rosa y que él mismo definía como un simple juego. Acepté, y la conversación derivó en un intercambio de miedos horrendos por reales. Incluso probables. Sin embargo, no fue ninguno de sus miedos extravagantes, ni los que acechaban a mitad de la esquina, los que me dejaron sin respiración, no. Fue algo aún más simple. Una imagen. Una imagen que el propio M trazó de forma rápida, sin grandes elocuencias ni demasiado interés.

Imagínate, dijo M, estar a mitad del paso de zebra y que el semáforo se ponga en rojo.

Qué duro debe ser, contesté. En mi cabeza, escenifiqué la misma calle de siempre, con su mismo semáforo y el mismo cruce que nunca me había supuesto gran esfuerzo. Me imaginé cruzando con el semáforo en verde, que cambiaba a rojo conmigo aún a mitad de camino. Con un paso titubeante, lento, y una respiración exhausta, acelerada. Los coches esperando. Las piernas, tal vez, incluso temblando del cansancio. Y al otro lado, nada. Sólo desconocidos esperando a que, de nuevo, el semáforo se pusiese en verde. Qué duro debe ser, el paso del tiempo. Qué duro debe ser, le repetí.


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