Mudando de piel

A las puertas del Teatro Nacional de Cataluña, puede leerse la frase Una puerta al mundo. A media mañana, un hombre, con la tez del rostro muy marcada, pasa de largo sin percatarse del anuncio. Ni una sola mirada le echa, ocupado como está en arrastar el carro de supermercado, repleto solo de piezas de cobre. Las personas de a su alrededor tampoco se fijan en el anuncio: dos mujeres jóvenes, sentadas en las escaleras, le dan la espalda y, al otro lado, un hombre mayor, que aunque cercano a los cincuenta años aún practica deporte, está demasiado concentrado en sus estiramientos. Al fondo, a veinte metros de la zona, el auditorio también tiene los nuevos carteles colgados para anunciar la nueva temporada de conciertos: en grande, un corazón bajo las palabras amor y odio.

La Plaza de las Glorias Catalanas vive en un juego de contrastes permanente. Los antiguos edificios se contraponen con los de nueva construcción, fruto en parte del proceso que desde hace años vive la zona. La Plaza de las Glorias fue siempre un sitio de paso, una entrada y salida de la ciudad, hasta hace unos años cuando se derribó el anillo viario en 2014. ¿El objetivo? Crear un nuevo pulmón verde para la ciudad, como también un nuevo lugar vecinal. En mitad de la plaza se puede leer la frase “Pacifiquemos las Glorias con más parques y vida vecinal”.

Hoy, ocho años después del inicio del proyecto, las Glorias se encuentra en la cuarta fase del plan, la de apertura de los nuevos túneles viarios, entre el ruido de las obras y los coches y los hierbajos olvidados en las zonas ajardinadas. Una plaza inacabada, aún en construcción, que choca con la presencia del TNC, del Auditorio y del Museo del Diseño. También del Mercat del Encants. Una plaza que vive entre lo pasado y lo futuro.

Los encantos del mercado 

“Querida, Nuri. Celebro que estés bien. Recuerda escribir a los tíos, por favor, que siempre les hace mucha ilusión saber de ti”, se puede leer en una de las postales en venta en el Mercat del Encants, justo en medio de las Glorias. La postal, una fotografía de dos niños, se encuentra perdida en una caja de madera en la parte central del mercado, rodeada de paradas improvisadas de todo tipo. Algunas esparcen libros de segunda mano por el suelo, con alguna página rota y algún lomo deshilachado. También hay herramientas desordenadas, pero colocadas perfectamente en columnas, y cuadros que se sostienen gracias a una silla. Incluso un colchón hace de mesa en una parada de ropa. 

En el piso de abajo, se escuchan carros y vendedores promocionando sus ofertas. “A 1 euros, señora, a 1 euro”, grita uno de ellos. Al pasar delante de una colección de películas y videojuegos antiguos, el hombre que rige la parada sonríe y te ofrece cada disco a tres euros. Los vendedores se saludan entre sí y ríen mientras observan el bullicio de la gente. Uno de ellos, por ejemplo, hasta hace broma con una de las máscaras que vende. En la parte de arriba, en cambio, reina el silencio. De tal forma que Jaime, el propietario de una parada de libros de segunda mano, espera a sus clientes leyendo Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. 

La tienda Decor Palazón colorea con sus minerales parte del mercado, absorbido a veces por el plateado de los grifos. Los anuncios de colchones y lámparas también tiñen el mercado, acompañando a carteles más antiguos y desgastados, algunos del logo de Michelin. El pasado se entremezcla con el presente y el futuro. A escasos metros hay tiendas especializadas en tecnología con otras de antigüedades. Y el blanco de los auriculares se apaga entre el polvo de radios más antiguas.

I can buy you lemonade, selling drugs 

El Museo del Diseño anuncia en su entrada la exposición del artista callejero, Banksy. The Art of Protest. El Arte de la Protesta. Detrás del edificio, centenares de grafitis decoran el espacio exterior. “Football para todos, no al football moderno y muerte al patriarcado”, se lee en uno de ellos. En otro, al lado de un dibujo de Misae, la madre de Shin Chan, se subraya “Stop Monarquia”. Hay símbolos anarquistas, firmas de artistas callejeros y múltiples dibujos. Incluso la fórmula de una ecuación de segundo grado. 

En el buzón de recogida de la biblioteca del museo, también se ven decenas de pegatinas, algunas de ellas arrancadas o descoloridas por el tiempo. Como los grafitis, muchas de ellas son reivindicativas. Del feminismo, de la lucha antifascista. Otras son más bien decorativas, como el peón bohemio, o publicitan algo, como un festival de flamenco. 

Uno de los grafitis más grandes es el que dice en letras inmensamente grandes, I can buy you lemonade, selling drugs. Puedo comprarte una limonada, vendiendo drogas. Lo firma 21 Burro, añadiendo un corazón. No hay más grafitis con su firma. 

El césped de las hamacas 

Justo enfrente de la Torre Agbar, hay una gran zona ajardinada que todavía conserva su verde natural. Alrededor, por el camino de tierra, la gente hace ejercicio, arrastra el carrito del bebé o pasea con el periódico en mano. A escasos metros del tráfico de las Glorias y de las obras de los nuevos edificios, hay en una de las señales del parque la silueta de una persona meditando. 

En la hierba, se ha habilitado un área para el descanso con hamacas y sillas. No hay ninguna que esté vacía. La gente lee, conversa o simplemente toma el sol. A veces se escucha la risa de un niño que cae por el tobogán de la zona infantil. O el sonido de la canasta de la pista de baloncesto que está detrás del área ajardinada. 

En una de las entradas al parque, sin embargo, hay una casa antigua a medio derribar, llena aún de escombros. Cerca de ella, también hay zonas que faltan por ajardinar, vedadas por vallas, con árboles que todavía están creciendo y llenándose de hojas. La imagen es un fiel reflejo de la actual Plaza de las Glorias Catalanas, aún en construcción. 

Cerca del Auditorio si se agudiza el oído, puede escucharse el sonido de un piano. Parece la promesa de aquello en que un día se convertirá la Plaza de las Glorias Catalanas. Promesa que hoy muere al encenderse el primer taladro. Las obras devuelven a la plaza a su realidad. Un lugar indefinido que baila en sus contrastes, todavía mudándose de piel. 


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