Era el primero en resolver los acertijos en los sobres del café y el último en recoger su copa. Nos reíamos mucho antes de que acabara de contar los chistes y el camarero siempre le acercaba el cenicero a su mesa. Todos queríamos al uruguayo.
El uruguayo rara vez perdía una partida a las cartas. Le encantaban. Podía perder horas y horas jugando mientras se reía de su mala suerte. De la vez en la que se le estropeó el coche en mitad de la autopista y tuvo que hacer autostop para llegar a tiempo a la boda de su hermano. De la noche en que una paloma se le cagó encima antes de una cita. O de la mañana que pasó entera en el baño mientras Forlán desayunaba en el bar de su mejor amigo. El uruguayo hablaba despacio. Las palabras se le amontonaban una tras otra en la caja torácica, pero cuando llegaban al paladar, se espaciaban y sonaban calmadas, sin perder el ritmo. No había nadie en el barrio que no reconociera su voz.
Al uruguayo le inquietaban pocas cosas. Bromeaba sobre la vejez. Se reía de su calvicie y sus vicios. De la gente que no los tenía. ¿Vos no fumás? Pero si te vas a morir igual, respondía siempre que le rechazaban un cigarrillo. Las pocas veces que apretaba el puño era cuando pensaba en Peñarol. Dedicaba tardes enteras en cagar de palos al delantero, al portero. Los insultos se le arremolinaban entre los dientes como lo hacían sus historias, pero siempre los soltaba con gracia.
El uruguayo era de aquellos hombres que miraba a los ojos, que no rehuía las sonrisas cómplices. El uruguayo era un tipo feliz. Un cuentacuentos. Aunque nadie le terminara nunca de creer. Hasta cuando dijo que se marchaba a la mañana siguiente a Montevideo, a vivir con su hermano y su sobrino, al día siguiente todos se preguntaron qué es lo que le había pasado al uruguayo.
Hoy hace ya un año de esto. Y uno de los vecinos me lo ha recordado al enseñarme un párrafo perdido del diario de ayer. Mírale al viejo, no mentía cuando dijo que había entrenado al Luis Suárez de niño, que le había enseñado a golpear los libres. No era tan cuentacuentos, el viejo.
Ya lo avisaba el uruguayo. Escucháme ahora, que esto es verdad y el resto, una pelotudez.
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