This could be Heaven or this could be Hell

La Covid-19 ha cambiado nuestras rutinas, pero ha incrementado viejos vicios del sistema, como la desigualdad. ¿Su reflejo? En el metro

En la parada de metro de Hospital Clínico, sube al vagón un señor magrebí con una caja de mecheros y pañuelos blancos. Lleva un chándal rojo, una riñonera y unos zapatos desgastados. “Dos mecheros por un euro”, ofrece. Pide ayuda para su familia, hace poco se ha quedado sin trabajo. No por ello pierde cierto sentido del humor. “Pero no quiero que fuméis, eh”, dice. Con el paso de las paradas, el hombre avanza por los vagones hasta que el metro llega a Camp de l’Arpa y se baja, a la espera de subirse al siguiente. La mirada perdida entre las vías. 

Según el informe anual de desigualdad de Oxfam Intermón, la pobreza severa en España podría llegar a los 5,1 millones como consecuencia de la Covid-19. Incrementando en más de 800.000 personas y familias desde que empezara la pandemia. En el mismo vagón del metro, se lee “Cola’t’!” gravado en una de las puertas. ¡Cuélate!. Algo que nos recuerda una triste realidad: no todo el mundo puede permitirse un viaje en metro. 

Mientras tanto, en el vagón la gente se divide de dos en dos entre las filas de asientos para cuatro personas. Hay alguna excepción en que se ve a tres personas compartiendo el mismo espacio, pero no es la norma habitual. El resto de pasajeros esperan de pie, la mayoría pegados a su teléfono móvil, algo que, como la desigualdad, tampoco ha cambiado tras que empezara la pandemia. Hay, sin embargo, alguna que otra excepción. Un hombre joven de pie, apoyado a la puerta, leyendo Harry Potter y el prisionero de Azkaban o un señor mayor, sentado sin nadie al lado, haciendo un crucigrama en el diario Expansión. Viejos vicios que, pese a todo, aún se resisten a desaparecer. 

Persianas bajadas

Al llegar a Verdaguer, la parada de Libros Solidarios (un proyecto de Sentit Solidari de venta de libros, películas y discos de segunda mano a precios muy bajos) se encuentra con la persiana bajada. No abrirán. A causa de la pandemia, han tenido que cerrar sus puestos de venta en las paradas de Plaza Universidad, Verdaguer, Diagonal y Sagrada Familia. Sólo se mantienen abiertos los de Plaza Cataluña y la Sagrera. “Son las únicas dos paradas de metro que han podido funcionar durante la pandemia”, explica Emilia, la encargada de la parada de Libros Solidarios de Plaza Cataluña. 

En ella, dos señores mayores husmean entre los libros en busca de alguna reliquia. Uno de ellos, Jaime, se detiene en Los colores de la guerra, pero termina convenciéndose por Historia de la ciencia y Las conquistas de la arqueología

Se ha gastado un total de cuatro euros. “Soy jubilado y no estoy en condiciones de comprar libros nuevos”, explica. La pandemia también ha dejado más desprotegida a personas como Jaime, jubilados que sólo se bastan de su pensión. Y paradas como las de Libros Solidarios, que se resignan a intentar sobrevivir, son algunos de los pequeños refugios que les quedan. “He sido lector toda mi vida”, concluye Jaime, “no puedo no leer”. 

Música de fondo

En mitad del pasillo entra la L4 y la L5 en Verdaguer, delimitada la zona con una cinta negra desgastada de las pisadas de los pasajeros, bajo un cartel que ilustra “músics al metro”, se sienta un señor a tocar su acordeón. Junto a él, una cesta con monedas, en la que apenas cuento un par de euros. Lleva una pantalla protectora, aunque realmente se trata de una funda de plástico para folios enganchada a una cinta. Al volver, tres horas después, ya no está. Es turno de Giorgi. Tiene cuatro discos con su rostro en portada al lado de la funda de su piano. Los vende por siete euros cada uno. Sobre su funda, cuento esta vez más de cinco euros en monedas de veinte, diez y cinco céntimos. Pienso en que hace ya más de un año que no voy a un concierto mientras escucho a Giorgi. Está tocando Hotel California. Tarareo la canción, como si estuviese en Apolo. Me entra cierta nostalgia. Cuántas cosas ha cambiado la pandemia… Y, sin embargo, ha mantenido intacta una de las lacras del sistema: la desigualdad. “And I was thinking to myself, this could be Heaven or this could be Hell», canta Giorgi de fondo. 


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